“Allí estaba don Mariano Álvarez que nos repitió su cantinela:
-Sepan los que ocupan los primeros puestos que los que están detrás tienen orden de hacer fuego sobre todo el que retroceda.
Pero no necesitábamos de este aguijón que el inflexible Gobernador nos clavaba en la espalda para llevarnos siempre hacia adelante; y como muy acostumbrados a ver la muerte en todas las formas, no podíamos temer a la amiga inseparable de todos los momentos y lugares.
La fatiga misma sostenía nuestros cuerpos; hablábamos poco y nos batíamos sin gritos ni bravatas, como es costumbre hacerlo en las ocasiones ordinarias. Jamás ha existido heroísmo más decoroso, y a fuerza de ver el ejemplo, imitábamos el aspecto estatuario de don Mariano Álvarez, en cuya naturaleza poderosa y sobrehumana se estrellaban, sin conmoverla, las impresiones de la lucha, como las rabiosas olas en la peña inmóvil.
Por mi parte puedo, puedo asegurar que, lleno el espíritu de angustia, alarmada hasta lo sumo la conciencia, aborrecido de mí mismo, me echaba con insensato gozo en brazos de aquella tempestad, que en cierto modo reproducía exteriormente el estado de mi propio ser. La asimilación entre ambas era natural, y si en pequeños intervalos yo acertaba a dirigir mi observación dentro de mí mismo, me reconocía como una existencia flamígera y estruendosa, parte esencial de aquella atmósfera inundada de truenos y rayos, tan aterradora como sublime. Dentro de ella experimentábanse grandes acrecentimientos de vida, o la súbita extinción de la mismo. Yo puedo decirlo; yo puedo dar cuenta de ambas sensaciones y describir como acrecía el movimiento, o, por el contrario, cómo se iban extinguiendo los ruidos del cañón, cual ecos que se apagan repetidos de concavidad en concavidad. Yo puedo dar cuenta de cómo todo, absolutamente todo, ciudad, campo enemigo, cielo y tierra, daba vueltas en derredor de nuestra vista, y como el propio cuerpo se encontraba de improviso apartado del bullidor y vertiginoso conjunto que allí formaban las almas coléricas, el humo, el fuego y los ojos atentos de don Mariano Álvarez, que, relampagueando entre tantos horrores lo engrandecían todo con su luz.”